Isabel II prohibió que la fotografiaran del brazo de su hijo Andrés 

El pasado 29 de marzo la soberana británica llegó a la Abadía de Westminster junto a su hijo el príncipe Andrés para acudir a un servicio religioso en honor a su difunto esposo Felipe, y su entrada causó un gran revuelo por dos motivos.

En primer lugar, la soberana de 95 años dejó claro que todavía puede caminar con ayuda de un bastón pese a los problemas de salud que ha sufrido en los últimos meses, y en segundo, la elección del duque de York como acompañante se interpretó como la ‘redención’ del que siempre se ha rumoreado que es su hijo favorito.

La asistencia de Andrés a la misa en recuerdo de su padre marcaba su reincorporación a la vida pública tras zanjar por medio de un acuerdo extrajudicial la demanda por abusos sexuales interpuesta en su contra por Virginia Giuffre. Sin embargo, parece que su madre no quería que su gesto de apoyo fuera tan ‘público’, ya que aquel día desde palacio dieron instrucciones precisas para que no se fotografiara a la reina mientras caminaba hacia su asiento con su hijo.

Richard Pohle, el único fotógrafo acreditado para el evento, ha confesado ahora que se saltó las órdenes que había recibido en cuanto vio a la monarca hacer su aparición del brazo del príncipe Andrés.

«Eso lo cambió todo», se ha justificado Richard en declaraciones a The Times. «‘Tengo que fotografiar esto, está claro’, me dije. La llegada de la reina había pasado a ser el principal acontecimiento informativo. Les vi vacilar, pero me repitieron que la orden de no hacer fotos ‘venía de arriba’ y que ‘no dependía de ellos'».

En un momento de lucidez, en el que supo que los medios británicos no le perdonarían jamás si no inmortalizaba aquella escena, Richard abandonó su taburete aprovechando que el coro había empezado a cantar, se movió rápidamente hacia el pasillo entre las filas de asientos opuestas al lugar por el que pasaría Isabel y se colocó en posición. No resultó tarea sencilla porque, en las apariciones públicas de la familia real, abandonar la posición que se le ha asignado a cada persona de antemano resulta «un pecado capital».

«Pasé rozando al responsable de prensa y pude sentir una mano que intentaba detenerme, pero me apresuré a pasar y me agaché en el centro del pasillo», ha asegurado. «Luego volví a mi posición inicial pasando por delante del mismo responsable de prensa, que tenía cara de pocos amigos, y le susurré una disculpa».

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